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viernes, 16 de julio de 2021

Un incendio

 "Atravesó la Plaza del Trigo y entró en su casa de la calle de las Tiendas: un antiguo piso de madera, frío pese a que dejaba dos estufas encendidas cuando salía por las mañanas contra las advertencias de Rosa, "que un día, don Eusebio, cuando yo termine de hacer la limpieza y me vaya, puede haber un disgusto, un incendio, lo que sea..."."

José María Pérez Álvarez, Las estaciones de la muerte. Duen de Bux, Ourense, 2008. Pág.12.

sábado, 22 de febrero de 2014

América inventa hombres

"¡El que no sabe es como el que no ve! ¿Pero no se da cuenta de que todavía nos hace un favor? ¡Con sus conocimientos, con esa manera de hablar...! Desde aquel día que estuve con usted en la catedral, me parece otra; si, señor, parece que me habla... ¡La pucha, menos mal que no lo pescaron otros antes! ¿O es que no se enteró de las indirectas que le echaron los Santamaría para llevárselo? Bien claro lo dijo don Carlos cuando usted les explicaba el convento de San Francisco:"Si encontrásemos uno así en cada ciudad de Europa..." y hasta hay gente que cobra buen sueldo por eso... (...)

 -¡Hábleme claro, rediós! Yo soy de aquí, pero no soy de aquí, y hay cosas que no las entiendo. ¿Es por el dinero? ¿Cree que su viaje me va a arruinar? Donde viajan cuatro ¿no viajan cinco, eh? - se quedó esperando mi respuesta. Yo leía y releía el medallón estampado en el tafilete de mi sombrero: "Sombrerería Ralleira. Tiendas 3. Auria... Sombrerería Ralleira. Tiendas 3. Auria..." mientras las ideas descoordinadas, veloces, parecían rebotar contra las paredes de mi cráneo. (...)

Me fui a la catedral y anduve por allí una hora. Cuando salí mi decisión estaba tomada.

(...) Yo, entre tanto, devoraba el suplemento extraordinario de El Miño, que acababa de salir. Habían asesinado a unos príncipes en un lejano país, y era inminente la guerra europea.(...)

-¿Pero qué voy a hacer allá, Valeiras? No sirvo para nada...

-América inventa hombres.

Eduardo Blanco-Amor, La catedral y el niño, ed. Galaxia, Vigo 1997, páxs.441-447

jueves, 13 de febrero de 2014

Nuestras miradas se cruzaron, tristes

"Nos mudamos un mes después. Tuvimos que dejar la casa grande donde habían nacido tantas generaciones de los nuestros. Nos trasladamos a un pequeño piso de la carretera de Trives que se iba haciendo calle, como casi todas las otras, por la lenta expansión de Auria rebasando los antiguos extramuros.(...) Una de las circunstancias que más me  hirió en aquella despedida, fue el asomarme, por última vez, a la ventana de mi cuarto, por la que mi niñez tantas veces se había asomado al trasmundo de la catedral. Allí estaba el David -demasiado sabía yo ahora que era una estatua de transición, del siglo XIII- con su vida inmóvil, la cabeza inclinada, como oyendo el cordaje del arpa que, para ser más entrañable, no era monumental sino pequeña como una cítara, apoyada en su regazo, ceñida contra el pecho, como si necesitase ser uno con la vibración del escondido cántico que le llevaba a la comprensión de Dios:
     
              Cuando me cercaron las ondas de muerte y arroyos de iniquidad me asombraron...
            Tú ensanchaste mis pasos debajo de mi para que no titubeasen mis rodillas.

martes, 24 de diciembre de 2013

En el silencio de la siesta

"Al entrar el fiacre por la calle de las Tiendas, en el silencio de la siesta, oyóse redoblado el ruido de las herraduras y el campanilleo de las colleras. Apenas puse pie en la rúa, asomáronse las tías, apiñadas en retablo, en una ventana del segundo piso, y Joaquina, que oteaba por otra del tercero, aspó el braceo de las alarmas y desapareció, arrepiada de urgentes avisos."

Eduardo Blanco-Amor, La catedral y el niño, ed. Galaxia, Vigo 1997, páx.165

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Tedio estival

"Entré en mi cuarto, aburrido. El bravo sol de junio se cuajaba, como un gran lingote, en el hondo socavón de la calle de las Tiendas. La ciudad agalbanábase en el ahíto pasmo de la siesta fiestera, después de los azacaneos y tareas del trajín matinal, recostada en el sopor de las comerotas. Me arrodillé en la cama, sobre las almohadas para alcanzar bien el aféizar. La catedral era como un inmenso monstruo durmiente, como si ella misma estuviese haciendo la digestión laboriosa de las muchedumbres que aquella mañana habían entrado en su vientre.

 El David prolongaba su nariz colgante en un moco de sombras y las manos apenas se sostenían contra el instrumento, ablandadas en una flojera de fatiga."

Eduardo Blanco-Amor, La catedral y el niño, ed. Galaxia, Vigo 1997, páx.131

lunes, 2 de diciembre de 2013

La catedral

La catedral, como casi todas, estaba en medio de la ciudad, y era, también como las demás, un inmenso navío entre pequeñas embarcaciones movedizas, un gran señor entre vasallos obscuros, un príncipe de la Iglesia entre la turba polvorienta de los fieles arrodillados...

Su cuerpo subía propagándose en el aire, sin una duda, tan seguro en su vertical soberbia, con los contrafuertes tan adheridos a su tronco de graníto, como si en vez de apoyarse en ellos fuesen excrecencias rezumadas de su inmenso poder.

No era una catedral cuajada en el gesto primario de una expresión unánime, naciendo y muriendo en el suelo del mundo, después de haberse consentido apenas una aérea evasión de bóvedas y arcos de medio punto, destinados a probar la energía ascensional de la idea divina para humillarse de nuevo sobre la osamenta del planeta.

Ni era divagatoria y silogística, afirmando la fe por lo absurdo con una dialéctica de ojivas, empeñada en alcanzar a Dios mediante el rítmico escalonamiento de unas razones de piedra.

No era, tampoco, al menos de un modo unilateral, retórica y conceptista, perdida de sí misma y de su sino, en las metáforas de los arcos quebrados, de las columnas centrífugas o de las pirámides sosteniendo esferas: símbolos de una demostración espiritual que niega leyes a la materia, con los vórtices delirantes de las balaustradas, ménsulas, cartelas, florones, bestiarios... cayendo en cataratas o volando en pesadillas por muros, torretas, cornisas y fachadas.