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martes, 3 de diciembre de 2013

A catedral e o medo

"Desde muchas generaciones las gentes de mi familia habían nacido, vivido y muerto en una casa de tres pisos, situada frente a lo que debió haber sido la fachada principal del templo. Nos separaba de él la calle de las Tiendas, cuya anchura podían cubrir tres hombres cogidos de la mano. La galería de nuestro tercer piso alcanzaba apenas a la altura del arranque del gran pórtico exterior que daba al primitivo acceso a la nave principal; pues el templo estaba armado sobre los desniveles de la ciudad contruída al caer de una montaña, y por el lado que enfrentaba a nuestra casa se interrumpía bruscamente sobre un muro coronado de un balaustre, que tenía en su parte inferior, donde habían sido las antiguas bodegas y criptas, unos tabucos abiertos a ras de la calle, en bóvedas de medio cañón, ocupados por unos hojalateros, inquilinos del Cabildo, que llenaban la fimbria de las cercenadas bóvedas con el cabrilleo de los enseres de su trato. Realmente el templo había sido como guillotinado allí por la fantasía munincipal, que le amputara, dos siglos atrás, una magna escalinata, la cual, partiendo del pórtico, bajaba a través de lo que luego fue nuestra manzana, hasta una calle que seguía llamándose de la Gloria, aunque estaba, en aquellos hogaños, toda ella ocupada por fragantes tabernas.