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jueves, 6 de diciembre de 2018

Efemérides célticas na cova

"Con el último verso, de acuerdo con el poeta, el dibujante con todas sus fuerzas voceó un aturuxo. El salvaje alarido se batió contra las paredes húmedas de la cueva, recio, desgarrado, cual símbolo donde se confundiesen el dolor y la fuerza cruel -verdadera- que desgajaba al amigo del entrañable grupo de los "Silenciosos". (El poema, publicado poco después en un periódico compostelano, lleva la dedicatoria: "Pra vós, en lembranza de efemérides célticas na cova do Refuxo")."

Julio López Cid. El Río. Duen de Bux, Ourense,  2008. Pág.67

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Aquel silencio

"Después, se fueron al "Refugio" para una última reunión de los "Silenciosos", con el firme propósito de no volver a poner los pies allí. Brindaron con el clásico tinto, chocando las tazas, sin decir una sola palabra. Se miraban a hurtadillas, emocionados. Nadie se atrevía a romper aquel silencio, el último común, el más hondo, el más entrañable de cuantos habían convivido. Fue el futuro religioso quien se creyó en la obligación de hacerlo y, con voz velada por la emoción, dijo: "¡A ver, los poemas!".

Julio López Cid. El Río. Duen de Bux, Ourense,  2008. Pág.65

viernes, 30 de noviembre de 2018

El silencio: una ronda obligada de tinto

"Era el tiempo de acumular experiencias, de exprimirlas hasta el máximo. Después de los paseos se reunían en el sótano de una taberna, que llamaban "El Refugio"; ellos eran "Los silenciosos"; rendían al silencio una suerte de culto, como ámbito o claustro germinal propicio a la fecundación del pensamiento creador; comentaban con pasión arrebatada las últimas lecturas, las músicas oídas por radio, los cuadros sólo conocidos a través de reproducciones. Los más adelantados descubrían los "ismos" vanguardistas, en muchos casos periclitados ya años atrás, antes de nacer ellos; se afilaban las filias y las fobias en el afán de alcanzar la claridad, una claridad que todavía deslumbraba, cegadora, sus miradas novicias. Al final, sacaban a relucir las propias creaciones (antes, brindaban por el silencio: una ronda obligada de tinto, que bebían con afectada solemnidad), porque todos hacían sus pinitos en los terrenos del arte: había un músico y un dibujante; abundaban los poetas, los más, prendidos aún en las brillantes redes del "modernismo", donde las imágenes del río era literal, literariamente surcadas por los cisnes rubenianos.

Julio López Cid. El Río. Duen de Bux, Ourense,  2008. Pág.57