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lunes, 2 de diciembre de 2013

La catedral

La catedral, como casi todas, estaba en medio de la ciudad, y era, también como las demás, un inmenso navío entre pequeñas embarcaciones movedizas, un gran señor entre vasallos obscuros, un príncipe de la Iglesia entre la turba polvorienta de los fieles arrodillados...

Su cuerpo subía propagándose en el aire, sin una duda, tan seguro en su vertical soberbia, con los contrafuertes tan adheridos a su tronco de graníto, como si en vez de apoyarse en ellos fuesen excrecencias rezumadas de su inmenso poder.

No era una catedral cuajada en el gesto primario de una expresión unánime, naciendo y muriendo en el suelo del mundo, después de haberse consentido apenas una aérea evasión de bóvedas y arcos de medio punto, destinados a probar la energía ascensional de la idea divina para humillarse de nuevo sobre la osamenta del planeta.

Ni era divagatoria y silogística, afirmando la fe por lo absurdo con una dialéctica de ojivas, empeñada en alcanzar a Dios mediante el rítmico escalonamiento de unas razones de piedra.

No era, tampoco, al menos de un modo unilateral, retórica y conceptista, perdida de sí misma y de su sino, en las metáforas de los arcos quebrados, de las columnas centrífugas o de las pirámides sosteniendo esferas: símbolos de una demostración espiritual que niega leyes a la materia, con los vórtices delirantes de las balaustradas, ménsulas, cartelas, florones, bestiarios... cayendo en cataratas o volando en pesadillas por muros, torretas, cornisas y fachadas.