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jueves, 11 de octubre de 2018

Un ensayo de novela sin personajes

"Desde finales de la primavera de 1960 hasta comienzos de la del año siguiente, viví en Los Milagros, convaleciente de una grave operación de tórax, una de las etapas más gratas de mi vida, que fue además la más fecunda de mi vida literaria. Allí escribí, y en cantidad considerable (cantidad que- no hace falta decirlo- no garantiza en absoluto la calidad de lo escrito), de todo un poco, incluso un ensayo de novela sin personajes, es decir, con un solo personaje, un río, que da nombre a la novela, El Río."

Julio López Cid. El Río. Duen de Bux, Ourense,  2008. Pág. 9 ("a modo de prólogo")

jueves, 28 de abril de 2016

Milagros en Maceda

" -¡Éche bo milagre que gañes! E non tes conta delas, ¡pero como amasas, chico!

  Deixei pasar as desculpas de malos pagadores e adiqueime a chascar a lingua e ponderar a calidade do café, por facelo rabear.

  -Milagros en Maceda. Aquí o que che hai é un café ben sabedeiro.

  -O primeiro millo é para os paxaros -retrucou o Maragato."

Bieito Iglesias, "Miss Ourense" en  miss Ourense, ed. Galaxia, Vigo, 1994, páx.38

jueves, 19 de diciembre de 2013

La expulsión de los diablillos

"Antes debía ir con las tías a la catedral  para asistir a la ceremonia de la expulsión de los diablillos, que tenía lugar los días de la Santa Cruz y del Corpus Christi (...)

  Yo sentía una gran ansiedad por ver a los desdichados posesos, cuya descripción me había hecho tantísimas veces, llena de aracaicos terrores, la criada Joaquina. Ella mismo había tenido una hermana tan infestada por el genio del mal que tuvieron que llevarla varias veces a la Romería de los Gozos y otras tantas a la de los Milagros, antes de haberse visto libre en la que hizo al Cristo de Auria de aquella bestial intromisión, pasándosele en tales esfuerzos la flor de los años y quedando luego tan estragada que murió pronto de las resultas, pero al menos murió en la gracia de Dios.

  No bien entramos en la catedral ya oímos unos gritos, como bramidos de animales, que fueron precisándose a medida que nos acercábamos a la capilla del Cristo, hasta que se concretaron en palabrotas y juramentos que lanzaban aquellos infelices."

Eduardo Blanco-Amor, La catedral y el niño, ed. Galaxia, Vigo 1997, páx.132