"Nos mudamos un mes después. Tuvimos que dejar la casa grande donde habían nacido tantas generaciones de los nuestros. Nos trasladamos a un pequeño piso de la carretera de Trives que se iba haciendo calle, como casi todas las otras, por la lenta expansión de Auria rebasando los antiguos extramuros.(...) Una de las circunstancias que más me hirió en aquella despedida, fue el asomarme, por última vez, a la ventana de mi cuarto, por la que mi niñez tantas veces se había asomado al trasmundo de la catedral. Allí estaba el David -demasiado sabía yo ahora que era una estatua de transición, del siglo XIII- con su vida inmóvil, la cabeza inclinada, como oyendo el cordaje del arpa que, para ser más entrañable, no era monumental sino pequeña como una cítara, apoyada en su regazo, ceñida contra el pecho, como si necesitase ser uno con la vibración del escondido cántico que le llevaba a la comprensión de Dios:
Cuando me cercaron las ondas de muerte y arroyos de iniquidad me asombraron...
Tú ensanchaste mis pasos debajo de mi para que no titubeasen mis rodillas.