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martes, 21 de septiembre de 2021

¿Nicanor?

 "Salió a la calle demorándose en los rincones que a la luz de la experiencia que iba a vivir, adquirían matices hasta entonces desconocidos, atravesó Cervantes y se paró frente al portal del número 27; subió al tercer piso y abrió la puerta. "¿Nicanor?"."

José María Pérez Álvarez, Las estaciones de la muerte. Duen de Bux, Ourense, 2008. Pág.73.

martes, 7 de septiembre de 2021

"Qué, abuelito, ¿resucitamos al muerto por poquito dinero?"

"...estuvo a punto de llamarlo para que Tejada comprendiese que había sido testigo de que una furcia de oficio del barrio lo había llamado por su nombre. Lo  vio entrar en el número 27 de la calle. Después deshizo el trayecto; bajó la cabeza para no deslumbrarse con la luminosidad que despedían los prostíbulos y cuando pasó al lado de la mujer que había saludado a Nicanor, ésta le dijo:"Qué, abuelito, ¿resucitamos al muerto por poquito dinero?"."

José María Pérez Álvarez, Las estaciones de la muerte. Duen de Bux, Ourense, 2008. Pág.61-62.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Su rastro de sombra

 "Cuando vio salir a Nicanor Tejada decidió seguirlo; no sabía con exactitud por qué, pero presentía que conocer el camino que utilizaba para ir hasta su casa podría serle útil en cualquier momento. Persiguió su rastro de sombra por Barrera y por la calle Cervantes, donde una puta desde la puerta de un burdel le gritó "buenas noches, don Nicanor" pero él continuó caminando sin mirarla, como avergonzado de la familiaridad..."

José María Pérez Álvarez, Las estaciones de la muerte. Duen de Bux, Ourense, 2008. Pág.61.

jueves, 19 de agosto de 2021

Lejos del imperio de la lluvia

 "Aunque había refrescado, recorrió los soportales de la Plaza Mayor, caminó por la sombría calle Cervantes y fue a sentarse a un banco del Jardín del Posío; las mujeres aprovechaban los desperdicios de un sol cada vez más débil para sacar a sus hijos que recuperaban la práctica de jugar entre los árboles trises del parque. Algunas personas paseaban reconociéndose lejos del imperio de la lluvia que los había aprisionado durante meses. Quizá aquel hombre que caminaba ensimismado por el paseo central de cemento fuese el maníaco que iba ayudándole a los años a efectuar una selectiva labor de supervivencia; o el muchacho que cogía por el hombre a la chica de cabello oscuro."

José María Pérez Álvarez, Las estaciones de la muerte. Duen de Bux, Ourense, 2008. Pág.48-49.

domingo, 25 de julio de 2021

Otra vez en el nicho

 "Pensó que la vejez era eso: desterrar del corazón el placer de chapotear en los charcos de la infancia. Regresó por la calle Cervantes y a través de Arcedianos subió por la calle San Miguel. Entró en el bar Samuel, tomó una copa de licor café y se fue a casa. El reloj de la Catedral dio las siete de la tarde cuando abrió la puerta. "Otra vez en el nicho", caviló."

José María Pérez Álvarez, Las estaciones de la muerte. Duen de Bux, Ourense, 2008. Pág.20.

martes, 28 de junio de 2016

La camada de Obdulia

Solo en extrañas ciudades como esta puede existir una camada así: “los niños de Obdulia”.

¡Ah, Obdulia! Una leyenda, tuvo todos los hijos del mundo.

Te preguntarás qué es un “obduliano”. Sitúate en los 60; el obispo Temiño controla con sus ojos castellanos la ciudad y tolera la movida de la calle Villar: “Hay que darle un respiro al ourensano”.

El barrio chino echa humo, la explanada llena de coches con matriculas de Centroeuropa; en los bares aceptan francos y marcos y te hacen el cambio tal un banco.

Los emigrantes bajan de vacaciones, corre el dinero a tumba abierta; en las gramolas suenan las rumbas. La calle Villar es el mejor barrio de todo el noroeste.

Los ‘obdulianos’ hacen recados a los chulos, llevan mensajes secretos de los clientes y platos de comida del cercano Bar Pérez. Alguno controla las veces que sube su chica a ‘ocuparse’; el macarra desconfía. Claro, esto último se lo tenía prohibido Obdulia y les castigaba a rezar.

Eran tiempos en que las prostitutas tenían hijos que no podían cuidar. Tener un hijo de soltera era un estigma.

“Me llamo José Antonio; tengo 53 años y me crie en el barrio, justo en la calle Cervantes. Tuve tres hermanos de sangre y otros diecinueve de convivencia, a los que quise mucho. Mi progenitora, como muchas prostitutas, me entregó a la señora Obdulia, que fue mi verdadera madre hasta el 85, en que falleció. Allí me crie. Todos éramos hijos de prostitutas, un trasiego; créeme, fue un tiempo muy feliz. Dormíamos de tres en tres, comíamos por turnos y, por supuesto, íbamos todos a los colegios cercanos del Posío. Una santa”.

En una vieja entrevista, cuenta el periodista Alvarez Alonso cuando visitó a los niños de Obdulia: “Entro en una casa vieja, muy vieja, las escaleras crujen, te expones a meter un pie en un agujero. En el último piso viven la señora y los suyos. Todo es muy limpio, ordenado, los niños van llegando. Dicen: ‘Hola mamá’, y se ponen a hacer sus deberes. Uno de ellos se concentra en dibujar”. El periodista queda pasmado del orden, las camas de hierro en donde duermen, la comida por turnos y el calor humano que cubre el hogar.

Tengo a mi lado a aquel niño que dibujaba, José Antonio: “Fui muy amigo de Quessada; de vez en cuando me daba un cuadro para que me buscase la vida, me empujó a hacerme pintor. Todos los ‘artistiñas’ fueron mis amigos”.

Le pregunto por su vida: “Corrí mundo, viví en la Ibiza de los buenos tiempos; me da algo de vergüenza, pero ejercí de gigoló, tal vez por el recuerdo de mi barrio. Los chulos tienen muy mala fama, pero yo jamás presencié violencia con sus chicas. Alguna vez brilló la navaja albaceteña, pero se respetaban y mantenían el orden en la calle”.

José Antonio sonríe: “Siempre nos recogíamos pronto. Una tarde había mucho nerviosismo en el barrio, enseguida nuestra madre nos buscó. Después supe que alguien importante había muerto en los brazos de su mujer favorita”.

(“La noche en que murió Obdulia, nos pusimos todos en fila, nos despidió de uno en uno. A mí me dijo: ‘Sé bueniño, y algo más que guardo para mi’. Los ‘obdulianos’ andamos esparcidos por el mundo, incluso salió un buen futbolista ourensano.”

José Antonio me hace un guiño: ‘Escribe que el que quiera ver mis pinturas se pase por la c/ Xoan Novoa nº 6”.

domingo, 15 de marzo de 2015

Uns carallóns intratábeles

"Pedimos unhas cervezas. Saíron dúas putas. Tiñan o tipo porcachón e repetido das que eu vira nas portas da rúa Cervantes ao pasar por alí; moi peitudas e coas saias entaladas na entreperna e no cu. Unha viña fumando un puro. Falaban coma homes malfalados, as voces roucas... Uns carallóns intratábeles. Ficamos un pouco agardando."

Eduardo Blanco Amor, Xente ao lonxe , páx. 313, Editorial Galaxia, Vigo 2006 (2ª edición en BBA)